En un humilde barrio de Bernal Oeste, vendedores de droga hacen barricadas para que no entre la policía

La entrada por 172 y Montevideo de Bernal Oeste es la entrada a cual-quier barrio humilde de trabajadores, salvo por algo que parece increíble: la barricada que impunemente hicieron los narcos en el único acceso que tienen los vecinos, ¿para qué? para que no puedan ingresar los móviles policiales.
Así está Springfield hoy… Todo ha empeorado…
La profundidad de la barricada es de unos 50 centímetros, en una superficie que tendrá unos 5 metros de largo por tres de ancho. Suficiente para que cualquier vehículo no se anime a ingresar. Los únicos que suelen entrar a esa zona cada tanto son los miembros de Gendarmería, que cuando lo hacen llegan a caballo, o simplemente a pié desde unas cuantas cuadras.
Los trabajadores conocen de memoria los movimientos de la zona. Conocen los kioskos narcos y también los de la policía. Saben de cada movimiento del barrio, como cualquiera. Los pocos colectivos que suelen andar de noche en la zona, lo hacen cada tanto. Cada vez menos. “El 584 después de las 8 de la noche, es casi imposible que pase; se suben drogados y se escudan en los que vamos a trabajar”, dice uno de ellos que se contactó con El Suburbano.

A la policía la llaman ‘la boba’
“La policía entra y cobra. Acà en el barrio le dicen ‘la boba'”, agrega el vecino, que se levanta a las seis a trabajar, llevando antes a su nena al colegio, a unas pocas cuadras de Montevideo y Mosconi.
Le apuntan a la Comisaría Séptima.
Un grupo de paraguayos y peruanos, que crece y crece, parece haber copado el barrio. Hace tres semanas mataron a un joven de 20 años al que conocían como “el polaquito”. Cuentan que fue de guapo a pedir droga, “le pusieron tierra en la boca, le dispararon cuatro tiros en el pe-cho y lo tiraron al arroyo”.
El cuerpo fue rescatado, pero la noticia no salió en ningún lado.
“Springfield”, como lo conocen, es una zona muy pesada. Podríamos delimitarlo entre Camino General belgrano, Arroyo Las Piedras, Montevideo y Zapiola. Y si bien el nombre suena sano y hasta inofensivo, es sólo una cortina. Una suerte de nueva ‘Ciudad de Dios’ en pleno corazón del Conurbano más profundo.
La ‘Springfield’ de Bernal cambió radicalmente su fisonomía original. Hubo una importante toma de tierras, donde desembarcaron distintas bandas que se disputan el poder por el control de la zona. De noche y día, “soldaditos” deambulan en resguardo de los intereses de sus jefes: Paraguayos y Peruanos, que controlan el lugar y la droga.
Dicen que estos adolescentes llegan a cobrar 800 pesos por cada turno como contraprestación por el aviso de visitas indeseadas, y la entrega de la merca.
Dentro de los límites de ‘Springfield’ solo rige la ley de los tiros, de aquellos que disputan el lugar y la venta de drogas. Límites que de a poco se extienden y llegan a barrios vecinos. Tal es así que hace un poco más de un año, a plena luz del día, Fabián Guzmán y su pequeña hija de dos años fueron acribillados por dos sicarios en una moto. Le vaciaron dos cargadores a quemarropa.
Los pocos lugareños que hablan son contundentes: “La Policía sabe lo que pasa, y desde hace tiempo mira para otro lado ante la denuncia de los vecinos”. La primera jurisdicción cae sobre la Comisaría Quinta de La Cañada. Sería interesante saber cuantas causas pasaron a fiscalìa por venta de drogas…

Las fuentes le confirmaron a El Suburbano que hay dos grupos bien definidos: Una de las bandas es la de ‘Los Paraguayos’, quienes se encargan de la venta de paco y marihuana. Estos se mueven por la zona de Zapiola y Camino General Belgrano. Mientras que ‘Los Peruanos’ se dedican a la venta de cocaína y drogas sintéticas, o de diseño. Y tienen el control del territorio que da a Montevideo.
Otro de los puntos calientes se da en el predio tomado del Frigorífico Finexcor. Tierras que fueron usurpadas en el 2010 por unas 620 familias, donde entre ellas se esconden pesados delincuentes que aterrorizan a la comunidad desde aquel entonces, y cada vez con más virulencia.
Todo ese cuadrante, y algo más, es controlado por las distintas bandas delictivas que no quieren perder el poder, y mucho menos el comercio de estupefacientes. Por lo que los disparos se escuchan todo el día, principalmente, y con más intensidad, en horas de la madrugada.
Una triste radiografía de un barrio quilmeño que sigue mutando. Una dura radiografía del barrio más caliente y al que más atención hay que prestar.

Adrián Di Nucci