Marchas para no escuchar y contramarchas de la sordera

(Por Christian Skrilec)

 

Ahora marchamos todos. Marchamos los docentes, los sindicalistas, las mujeres. Marchamos por la memoria. Marchamos en apoyo al gobierno y marchamos por la democracia. Marchamos inmóviles frente al televisor mirando las marchas. Marchamos en la ciudades atrapados en las marchas. La pregunta que me surge,  es quién es el oráculo o el sabio que afirmó que el que marcha tiene razón, o mejor dicho, que el que se adueña de la calle es el dueño la verdad.

 

Se puede llenar las calles de gente para convalidar un error, tres ejemplos de nuestra historia reciente: la Plaza de Mayo llena en apoyo a la invasión a Malvinas para que Galtieri mandara a la tumba a cientos de argentinos; la plaza colmada en Semana Santa cuando Alfonsín nos dijo “la casa está en orden” y acordaba con los militares el Punto Final y la Obediencia Debida; las desbordantes caravanas de la campaña ”menemista” convalidando el “síganme” que inició el camino al abismo cuasi terminal del 2001. Si con esto no te sentás a meditar, y a pensar por un rato que tal vez estemos marchando por las razones equivocadas, no sigas leyendo.

 

Y es posible que ya no estés leyendo porque lo que nos pasa es que no queremos ni escuchar ni ver ni leer al otro, salvo cuando nos dice lo que queremos escuchar,  con el único objetivo de reafirmar lo que pensamos. Nos sometemos a la propaganda que publicita indiscriminadamente nuestros propios productos, en lo que va del siglo salimos de la anomia social para meternos en el autismo colectivo. Es imperante recordar que desde el pensamiento, el arte, la política, o hasta desde la baja esfera del periodismo, lo esencial es dar otra mirada de lo que pasa, cambiar la óptica, desnudar una realidad que no estamos viendo.

 

Volviendo a la prosaica coyuntura, no está mal marchar, movilizarse, copar la calle, y manifestar acuerdos y desacuerdos, reclamar por derechos o convicciones. Lo que estamos haciendo mal es la interpretación de la marcha. Reducir las marchas de los docentes, la de los sindicatos, y la marcha del 24 de marzo a una expresión golpista y desestabilizadora es de una simpleza negligente. Creer que la marcha del 1 de abril expresa la discriminación y el pensamiento retrogrado de los bendecidos por el sistema es de una ceguera supina. Siempre es más complejo.

 

Y siempre es más complejo porque todos los argumentos tienen un anclaje en la realidad. El peronismo, después de ser eyectado del poder por un golpe de estado en el 55, siempre tuvo sectores con vocación de desestabilizar gobiernos democráticos, pero eso no quita que muchos de los sindicatos que marchan están siendo seriamente afectados por las políticas económicas del gobierno. Así, en cada una de las marchas, aparecen argumentos para ponderarlas o desacreditarlas.

 

Mientras tanto, la política hace su juego, que como siempre, supera los intereses y las necesidades de los que marchan. Para el oficialismo, el 1 de abril fue un dique contra el copamiento de las calles por el arco opositor. Para los opositores, fundamentalmente para el peronismo, la calle seguirá siendo un ámbito de disputa y de demostración de fuerza.

 

Lo que aquí preocupa, es el enlace entre las estrategias de la política y la sordera imperturbable, ideológicamente autista, de la mayoría de los manifestantes. Se está instalado un escenario de dicotomía social tan grave como el preexistente al primer peronismo, o yendo más a fondo, un escenario de lucha de clases que jamás pudo montar la izquierda vernácula a lo largo de toda su historia. El riesgo de este enfrentamiento es muy superior a la usualmente denominada “grieta”, porque si esta última, la grieta, necesita años para cerrarse, los heridos en un campo de batalla social que incluyen discriminación y resentimiento, desencadenan en violencia, primero simbólica y luego literal. La política, en su ambición de poder, no mide costos.

 

Adivinen como termina una discusión de fondo entre un sordo y alguien que no quiere oír. Cuidado, marchamos para no escuchar y contramarchamos a favor de la sordera.

 

Gracias por leer.