Plan “B”

(por Román Sledz) – La realidad dijo basta y pegó la cachetada que tenía pegar. Lo que hasta aquí era para algunos un discurso pesimista, se transformó en efectivamente el destino del Decano del fútbol argentino: el Nacional B; la segunda categoría; el descenso. El prólogo tiene que referir naturalmente al desastre institucional que decantó en este presente, en este plantel armado para pagar la deuda de un particular que se hizo dueño y señor avalado por el menor de una familia que siempre hizo y dispuso en favor propio y a costas del club. Sin embargo hay un nudo y un estrepitoso desenlace que tiene que ver con una dirigencia que ha tomado malas decisiones en lo futbolístico, por supuesto condicionados por ese contexto, pero agravando la situación con profundización de muchas dificultades a partir de la inexperiencia, el desconocimiento o la terquedad. Lo cierto y lo concreto es que más allá de buscar culpas, la única verdad es la realidad y esta lo deposita a Quilmes nuevamente en un descenso, abandonando la elite del fútbol a partir del segundo semestre.
El trámite del partido (que con el mismísimo pitazo final se transformó en anecdótico) mostró al equipo de Cristián Díaz buscando ser protagonista, haciéndole sentir a Patronato la necesidad pero también la convicción de tener que hacerse de los tres puntos para tener una exhalación más. Con una formación nuevamente improvisada, que no había compartido un sólo minuto en las prácticas, apareció una imagen esperanzadora y, casualmente o no, era proveniente de un producto de las divisiones inferiores: Jonathan Torres. El mismo hijo del mítico “Bocón” que había sido relegado en la última pretemporada y que se tenía que buscar lugar en alguna liga del interior, mostró que estaba a la altura de las circunstancias ya no solo de jugar en primera división, sino de hacerlo en un partido tan determinante y con la presión que suponía este. Se hizo fuerte frente a dos rústicos centrales físicos (y algo sucios como demostraron luego) como Furios y Vera, aguantando, pivoteando, descargando y desbordando. Todo esto sucede en el primer partido que tiene como titular; justo el de la última oportunidad en primera división. Esto es tan solo un ejemplo de lo mal que se hicieron las cosas por este tiempo y que encuentra comunes denominadores con el pasado: la vara alta y el descarte para los pibes. Los “tomates” del predio en otro momento, hoy los que “no están”, tal vez eran un paliativo entre tanta crisis y entre tantos Ruiz, Trejos, Bailones, Coria y otros tantos de los cuales no se puede explicar su desembarco y mucho menos su falta de compromiso y sacrificio.
Los múltiples puntos del prólogo relacionado a lo hecho en el pasado, terminan quedando relegados del foco principal donde deberían estar siempre cuando se analiza el contexto y las posibilidades que tenía este equipo de esquivar el descenso. Es una pérdida de categoría que práctica-mente se forzó en cuatro meses: con una totalidad de doce puntos en este tiempo, Quilmes ni siquiera dependía de nadie. Eso que ahora suena a tanto por la imposibilidad de siquiera hacer un gol, era una campaña pobre que permitía la continuidad en la división y sacar de la ecuación para la próxima temporada otra aún peor, lo que lo dejaba acomodarse con algo más de aire para lo que viene. No se puede explicar de forma racional cómo estos mismos jugadores que a través de algún pasaje bueno, mucha fortuna pero principalmente goles en los momentos claves, había hecho diecinueve unidades en la primera mitad de torneo, preparando el terreno como para que a pesar de los gestos del fixture, este 2017 no deparará lo que finalmente está proponiendo; el descenso.
El análisis tendrá que ser profundo pero también fuertemente autocrítico. Los tiempos de la pesada herencia correrán para lo institucional todavía (lo más preocupante, puesto que deberá afrontar una convocatoria de acreedores con la mitad del ingreso) pero no ya para lo futbolístico. Las responsabilidades compartidas no podrán encontrar ya únicamente res-puesta en la real honestidad de un grupo de nuevos dirigentes que se verán forzados a hacer un curso acelerado para en el medio de la tormenta, no seguir el “tobogán” que muchos clubes importantes han tomado y que te deposita en la Primera B Metropolitana.