Puntos suspensivos

por Roman Sledz

Quilmes empató en Liniers luego de una fecha donde todos habían jugado para el cervecero. Suspenso a la definición

Es muy difícil pensar en clave de “vaso medio lleno” o “vaso medio vacío” cuando lo que queda dentro son apenas unas gotas que si no se han evaporado hasta aquí es por puro efecto de la esperanza y la ilusión. En un fin de semana donde los resultados de los rivales se alinearon de forma tal como hacía mucho no sucedía, la única opción viable en la previa era ganar para acortar la brecha entre la realidad y el milagro, ante un rival que viene detentando una pobreza futbolística similar a la del cervecero. Sin embargo la imagen que arrojó el partido fue la de “otro encuentro similar de Quilmes”, donde la generación de juego es una utopía, por lo tanto la falta de situaciones de riesgo, una consecuencia lógica. Siempre que no se pueda ganar es importante no perder dice la perogrullada habitual tras los empates, pero solo en el final se podrá saber si terminará siendo productivo o no, arrancando por el próximo lunes, frente a Patronato en el Centenario.
La situación cada vez más compleja y apremiante de la matemática sólo permite no ser terminante si se suma de a tres puntos; a partir de allí es que no se pudo festejar el cortar con la consecutividad de derrotas en la fría noche de Liniers. Es que adicionalmente a esta situación, el rival tal como se suponía en la previa expuso las mismas limitaciones, con algunas pequeñas diferencias ligadas a algunos atisbos de jerarquía en jugadores que igualmente están en un muy bajo nivel, como Pavone o Cubero, pero que vienen siendo el argumento principal de por qué una institución como la de Liniers está de a poco metiéndose en esta dura pelea de la permanencia. La nueva modificación del sistema táctico que dispuso Cristián Díaz buscaba neutralizar precisamente a ese arma ofensiva del rival que podía ser la mayor preocupación de los centrales. Las repetidas impericias de Sarulyte o las incapacidades físicas de Escudero motivaron al entrenador a no solo sumar más gente a la primera línea (fueron cinco defensores) sino de poner a Adrián Calello en una posición en la que no se había desempeñado nunca, como la de líbero, buscando corregir y limpiar por detrás de todos a partir de su velocidad y timming de marca. Hay que decir que esto al menos en el primer tiempo terminó generando el efecto deseado, aunque más no sea por acumulación de gente y ocupación de espacios, tal vez demasiado ante la poca creatividad y capacidad de los volantes fortineros.
Sin embargo con el correr de los minutos todo se fue acomodando al “más de lo mismo” habitual, y esta sensación de que todos los encuentros de Quilmes se parecen y que queda librado a la voluntad y capacidad del rival. Si bien terminó sufriendo algo menos por las bandas a partir del cambio de imagen de Carrizo (le había tocado sufrir mucho contra Defensa y Justicia en Varela), los centros igualmente no se hicieron esperar y Vélez tuvo sus situaciones, pero inmerso en sus propias dificultades y a partir de encontrarse con la enorme figura de César Rigamonti que una y otra vez demuestra el gran arquero que es, se le hizo imposible hacerse de la ventaja.
Hablar de si las cuentas dan o no dan ya parece ser anecdótico, pero totalmente necesario para guardar algún resquicio de esperanza. A la vez en la revisión de los compromisos pendientes, el fixture de Quilmes parece seguir siendo de los más “accesibles” claro, si no se tuviese en cuenta su presente. La lógica indica de que más temprano que tarde todo ter-minará definido de forma negativa; sin embargo ¿quién se atrevería a robarle la esperanza al hincha? Eso y su incondicionalidad son las únicas cosas que no son falibles de comercio o corrupción.