(Por Christian Skrilec) Posiblemente sea el número: 35. No cae en la decena, no son los 25 de oro, ni los 50 de diamante. Son 35 años. Los homenajes han sido menores o poco difundidos, los medios de mayor penetración no le dieron demasiado espacio, no es tendencia en las redes sociales. 35 años de democracia no parecen merecer mayor atención que la circunstancia de la fecha. Hace 35 años, un 30 de octubre, recuperamos la democracia.

Las razones  de la intrascendencia pueden ser muchas: los jóvenes, que son los que suelen movilizar en estos casos, son hijos de la democracia. Los que somos un poco mayores, vivimos la dictadura militar del 76 entre la niñez y el comienzo de la adolescencia, y si el golpe no nos pegó en forma directa, lo transitamos con ingenuidad. Por otra parte, ya no nos gobiernan los heridos, ni las viudas, ni los quebrados del proceso. Tampoco hay una épica democrática, a lo Alfonsín.

Raúl Ricardo Alfonsín, primer presidente de nuestro actual período democrático, se tuvo que morir para que reconociéramos su gobierno y su figura. Valorar que pese a los desaciertos económicos, navegó en aguas de una turbulencia insospechada en estos tiempos. Recitaba el preámbulo de la constitución para cerrar sus discursos de campaña, un orador de los mejores, invitaba a la épica.

“Con la democracia se come, se cura y se educa”, es quizás una de las afirmaciones discursivas más fuertes que puedan escucharse. Treinta y cinco años después, en la frialdad de la estadística, descubrimos que los argentinos estamos peor alimentados, y pese a producir comida para 400 millones de personas todavía tenemos casos de desnutrición y bajo peso; que el sistema de salud agoniza en hospitales públicos destartalados, obras sociales sindicales fundidas o corruptas, sistemas de salud y sanatorios privados con tarifas abusivas y servicios cuestionables; mientras que la educación muestra los peores índices en décadas, con edificios derruidos, docentes mal pagos y sin formación, y una deserción adolescente que ronda al 50 por ciento de los alumnos.

Empíricamente digamos que la democracia no alimenta, no cura y no educa, los que tienen la responsabilidad de hacerlo, son los gobiernos elegidos por el sistema democrático, el mejor de los sistemas posibles, pero que lamentablemente no garantiza resultados. Es hora, después de 35 años y una veintena de elecciones, admitir que no hemos elegido bien. El resultado está a la vista.

En una nota publicada el fin de semana en el diario Perfil en referencia a las elecciones en Brasil, la politóloga Ximena Simpson, recuperaba uno de los primeros textos de Antonio Gramsci, titulado “Odio a los indiferentes”. En el prefacio, Gramsci afirma: “Los destinos de una época son manipulados de acuerdo con visiones restrictas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de hombres lo ignora, porque no se preocupa. Por eso, odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidian sus lamentos de eternos inocentes”.

El desinterés mayoritario por la política, la indiferencia para con el funcionamiento de la democracia, y el desapego a las leyes, nos caracterizan como sociedad. Por ello pagamos las consecuencias. Uno no es Gramsci para odiar a los indiferentes y exigirles que tomen partido, “vivir es tomar partido” decía Antonio. Pero si deberíamos tomar la responsabilidad de cuidar lo que tenemos, una democracia imperfecta que necesita que los ciudadanos la fortalezcan pensando sus decisiones y haciéndolas valer a través del voto.

Tampoco se puede exigir participación, ni información, ni compromiso a las mayorías que deben enfrentar día a día los problemas de su propia cotidianeidad, pero si es necesario que todos entendamos que somos actores de lo que nos sucede. Cuando un sistema exige para su funcionamiento la participación de todos, que uno permanezca ajeno o indiferente, lo debilita y lo vulnera.

Para cerrar, otra cita, en este caso de Alfred Smith, gobernador de New York en los años 20, pero que en nuestros pagos se hizo famosa en boca del ex presidente Alfonsín: “Todos los males de la democracia pueden curarse con más democracia”.

Gracias por leer.