Entre las disomnias y parasomnias que pueblan los manuales de psiquiatría en la sección “Trastornos del sueño” no se los menciona. Hay referencias al “jet lag”, mal que padecen las personas que viajan en avión a contracorriente de los husos horarios, pero de esos zumbidos que cosquillean los oí-dos en las noches de verano ni mención. Sin embargo, bien podrían configurar un cuadro particular de disomnias (trastornos para conciliar y/o mantener el sueño) que podría denominarse como “Aedesomnia”; y definirse como “trastornos para conciliar el dormir por la presencia de mosquitos que no tienen mejor idea que venir a zumbar en las orejas de los pobres laburantes que ya bastante molestos están por el calor y los ronquidos del turbo”.
El cuadro psiquiátrico debería contemplar el estado de irritabilidad del afectado y advertir sobre las posibles disputas maritales por los continuos manotazos para encender el velador y los constantes cambios de posición en el lecho. Eso por no hablar de los epítetos groseros y los constantes bufidos que suelen proferir los que padecen “aedesomnia”.
El cuadro se complica notablemente cuando, por influencia del estado crepuscular de la conciencia entre la vigilia y el sueño, el individuo en cuestión no logra localizar al mosquito de sus pesadillas. En ese estado de cosas, el su-jeto puede pasarse largos minutos con el velador encendido sentado en el lecho a la espera de que el in-secto cruce por su campo perceptivo con el fin de darle un manotazo mortal que le permita dormir tranquilo. Sin embargo, el insecto que no por nada sobrevive al lado de la humanidad desde hace siglos, no muestra ni su pico, por lo que el paciente cazador comienza a ser presa de ilusiones y a golpear toda una serie de pelusas o sombras sospechosas de ser la maléfica criatura zumbona. En casos extre-mos, ante la desesperación, pueden darse episodios psicóticos en los que el sujeto directamente alucina las criaturas volando alrededor de su cabeza, a los que lanza manotones que resultarían graciosos de haber testigos. Y mientras el insomne persigue a los inexistentes voladores, el mosquito se suele dar una panzada en los tobillos que quedaron descubiertos en el fragor de la cacería imaginaria.
El grado máximo de locura llega cuando el sujeto vuelve a apoyar su cabeza en la almohada creyendo que el insecto ha muerto, y apenas apaga el velador, los zumbidos vuelven en un in crescendo y diminuendo, que es interpretado como una burla del mosquito, al que ya se le supone un conocimiento de lo molesto que resulta y una decidida intención de no dejar dormir al sujeto.
Si en ese momento la agotada víctima nota la creciente comezón de sus tobillos, el grado de odio puede crecer hasta extenderse a todos los insectos del mundo, incluidas las simpáticas vaquitas de san an-tonio. Y si bien ya se sabe que rascarse nunca mejora una comezón, es tan inevitable como tocar bocina en un embotellamiento.
En este punto el sujeto ya no puede dormir porque a) Teme la reaparición de los zumbidos. b) No puede dejar de rascarse los tobillos que pican cada vez más. c) Se ha juramentado poner fin a la vida del insecto. d) El grado de irritación lo inhabilita a relajarse aunque se trate de un monje budista empastado de alplax.
La estabilidad mental de un individuo en esta situación es de temer. Situado en un punto de no retorno, ya no le importa dormir si-no asesinar. Pierde todo decoro social y es capaz de estrolar al insecto contra la pared sin reparar en la mancha que dejaría sobre la pin-tura, o inundar el cuarto de insecticida a riesgo de morir intoxicado por su propia mano. Se conoce el caso de furiosas peleas a golpe de puño entre conyugues que comenzaron cuando uno de estos detectó al mosquito posado sobre el otro, y sin decir agua va, le propinó un tremendo zopapo.
Sería bueno que la psiquiatría se decida a incluir la afección en el próximo DSM V; así en vez de decir “no pude dormir por un mosquito de mierda”, uno podría argumentar que padece de “Aedesomnia”, lo que suena muchísimo mejor.
Federico Fioretta