Julio Cortázar decía: «El hombre que habita un mundo lúdico […] está creando continuamente formas nuevas».

 La tercera semana de cada agosto se conmemora el Día del Niño, un festejo en donde lo habitual es el regalo. En vísperas de este día, las jugueterías se llenan de multitudes en busca del juguete ideal. Sin embargo, nos olvidamos, que los obsequios no son sólo materiales.

Aún más que un juguete, existe una acción muy representativa para los pequeños, que tiene el superpoder de construir vínculos a través de la diversión y la creatividad. Este gran superhéroe es el juego.

Según UNICEF, «el juego sienta las bases para el desarrollo de conocimientos y competencias sociales y emocionales clave. A través del juego, los niños aprenden a forjar vínculos con los demás y a compartir». Los tiempos compartidos son una huella que perdurará para siempre en la mente de los niños.

Este día tan característico también se festeja en hogares de niños y en comedores comunitarios, los cuales son visitados por organizaciones sociales de voluntariado todo el año, no sólo en días conmemorativos. Y, con la participación de las mismas, se fomentan los juegos como la mancha, las carreras, los saltos con soga, entre otros. Además, en estas visitas, se fomenta el uso de los juguetes que son donados o regalados a dichas instituciones.

En estos momentos, se genera un espacio valioso en el que los más chicos logran desarrollar el aprendizaje y descubrir el mundo, mientras se integran a las comunidades de manera constructiva, llevándose mucho más que un buen momento.

La encargada del merendero Dorina comenta que, si bien ellos organizan actividades para los niños, a la hora de aumentar la creatividad y motivar a los chicos es donde organizaciones sociales como la ONG Huellas, entran en acción: «Muchas veces ocurre que en torno a las condiciones sociales en las que viven y la vida diaria que lleva la familia realizando los esfuerzos incansables por mantener a esta, lo primero que se deja de hacer es prestarle la atención necesaria a los hijos en cuanto al juego. Entonces, este es un espacio que también genera que los niños puedan tener su momento de felicidad y de recreación».

Los gurises no juzgan, no tienen prejuicios, son receptivos, muy interesados y muy creativos. Suelen ver las cosas desde enfoques bastante extravagantes. Y le agregan una pizca de ilusión a todo lo que hacen: son soñadores, curiosos y se animan a conocer y experimentar.

 

Voluntarios que dejan huellas

 ¿Alguna vez nos preguntamos cuándo dejamos de jugar? ¿Habrá sido el hecho de asumir responsabilidades? A menudo, el juego es tomado por los adultos como una pérdida de tiempo, olvidándonos que el ocio es algo productivo. La psicoanalista Silvia Bleichmar señalaba que «el pensamiento humano alcanza sus mayores descubrimientos en el intervalo entre el trabajar y el no hacer nada».

El rol de los voluntarios ocupa un lugar importante en el psiquismo de los niños porque, a través de los juegos, colaboran a que obtengan herramientas para la supervivencia mediante el desarrollo del bienestar social y emocional. A diferencia de los adultos, que ya internalizaron un lenguaje lleno de significados (es decir, saben qué palabras significan qué cosas), los niños aún no logran poner en palabras muchas de sus emociones y vivencias que han tenido o tienen día a día. Los juegos son el lugar donde pueden expresar su creatividad y elaborar emociones para procesarlas, canalizarlas y expresarlas.

La voluntaria Paula en una actividad recreativa.

“Siempre le encuentran lo lindo a lo feo, logrando que te replantees otras cosas”.

 

 

 

 

 

 

 Paula Bilbao, una voluntaria que participa en la ONG Huellas, nos comenta que en una actividad de dibujos y pintura un nene le dice: «yo no quiero pintar más, porque ya estoy cansado, estuve ayudando a mi papá a pintar la casa». La voluntaria señala que: «era un nene de 5 años que te lo decía en serio, estaba todo manchado de pintura y te lo contaba con orgullo. Entonces, vos como que te quedabas pensando y te preguntabas ¿lloro o no lloro?». Y, continúa: «A veces, hay momentos feos, de cosas que te cuentan ellos, que lo tienen naturalizado. Pero, siempre, le encuentran lo lindo a lo feo, logrando que te replantees otras cosas».

La riqueza de la experiencia del voluntariado radica precisamente en el sentimiento de realizar una tarea que beneficie a otro. Si bien los voluntarios no perciben retribución económica por su labor, se llevan a cambio una compensación emocional. Lucía Lombardini, que también participa como voluntaria en Huellas, cuenta que:«A veces una tiene unos días feos y, cuando vas, volvés renovada. En esas dos horas de sábados terminás diciendo “¡qué bien que estoy!”. Te cambia tu mentalidad y estado de ánimo. No solamente llevamos alegría, sino que nosotros también nos la llevamos». También, señala que: «Cuando llegábamos escuchábamos a lo lejos que los niños decían “ahí vienen las chicas de Huellas”. Y, cuando nos íbamos, nos preguntaban ¿cuándo vuelven? ¿A qué hora vienen?». Finalmente, entre mucha emoción, afirma: «Es super lindo que te reconozcan por la alegría que uno lleva, por lo que transmitís».

“Tengo 22 años y en ese espacio sentía que tenía 10 otra vez”. La voluntaria Ana Bermejo compartiendo una tarde en un comedor platense.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Los voluntarios que comparten tiempo con los niños suelen tener emociones que les recuerdan a su infancia. Y, sumado a esto, la pausa de los voluntariados sociales a causa del aislamiento, también trajo aparejado nostalgias. Ana, una voluntaria de La Plata, recuerda: «Jugábamos al ‘Enredados’, hacíamos una ronda y nos agarrábamos todos de la mano. Llegaba un punto en que nos soltábamos y nos caíamos todos al piso. Eso se extraña mucho, el jugar, el compartir, porque uno es grande pero, en ese momento, te sentís un niño más. Yo tengo 22 años y en ese espacio sentía que tenía 10 otra vez».

Asimismo, Paula, agrega: «Era un momento de paz y de cansancio, porque se corría mucho» dice, entre risas. Y sigue: «De grande no jugás a la mancha pero, en esos momentos, te metés en serio en el juego. Es la misma adrenalina que vivías de chico y es un momento de cero problemas, no pensás en estudiar o en responsabilidades. Te sentías una niña de vuelta».

Actualmente, cientos de hogares de niños y comedores sociales se encuentran a la espera de una vuelta al voluntariado. Y, ONG’s, como lo es Huellas, se encuentran con los preparativos para retomar las actividades.

Las personas estamos habituadas a hacer y seguir la norma. Pero, lo recreativo del ser humano, hace ver otra realidad, nos permite comprender la vida desde otro lugar. Por eso, los niños tienen derecho a descubrir ese espacio de ocio y de juego, durante el cual la mente logra procesar lo recibido para apropiarselo y transformarlo en creación. Asimismo, es beneficioso para aquellas personas que decidan compartir y regalar un tiempo con los más pequeños, para hacer del mundo, un lugar más divertido.

En un día tan conmemorativo, podemos regalar juguetes, pero juguemos. Regalemos momentos en compañía, porque son regalos que perdurarán para toda la vida.