Lic. Patricia Salinas. Psicóloga. Socióloga. MN 70401
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No podría decir cuando sucedió exactamente, de hecho todavía me extraña que haya pasado. Solo sé que fue en algún momento de estos últimos días durante fase posterior a la supuesta mediáticamente infligida “nueva normalidad”.
Había sentido, primero, que mi odio ese que ya casi había atesorado, ya no estaba allí, donde lo había buscado siempre y de donde salía con el rabiosa, el corazón rebosante. De odio. Había hablado de este tema muchas veces, años, en terapia, es que no disfrutaba para nada sentirlo.
Quería deshacerme de él, pero como esos cubos mágicos, nunca daba con la clave que me liberase.
¿Sería la confirmación de que frente a la pobreza material se erigía una verdaderamente pobre existencia mental que la minimizaba a extremos inauditos? ¿Me había vuelto idealista?
Confieso que me había dado un poco de miedo esa idea. Borrado, así estaba mi odio.
¿Y si pensaba en las marchas anti cuarentena? ¿En las mesitas con mujeres con caras desafiantes a la nada mojándose un día de lluvia en mesas de no sé cuál bar?
No había caso. Veía las imágenes y ya no sentía nada. Los comentarios en Facebook y en Twitter me parecían carentes de emoción. Un aturdimiento extraño, vacío.
Era extraño porque yo ya había peleado contra ese odio tantas ve-ces que había llegado a creer que sin él no sería yo. Y la verdad es que un poco me desconocía. No era que solo mis oídos se hubieran cerrado, era “algo más”.
A los objetos de mi odio ya no los veía siquiera. Como las imágenes detrás de un cristal empañado, quizás si percibiera su forma, pero no me retenían. Quizás otra salpicadura de mi análisis personal. No lo sé. Ya no los odio, se han borrado.
¿Estaré realmente viva sin mi odio? La niebla los ha tapado, (a ellos), y ya no logro verlos con nítidez, como si se hubiera interpuesto entre yo y ellos,( los objetos de mi odio), un velo, una distancia.
O quizás solamente es que volví a escribir un poco. Ojala todos encuentren como pilotear la nave de los próximos, meses(?). No sabemos. El padre del psicoanálisis lo hubiera llamado sublimación.