Usted puede pensar que el mundo está hecho de grandes masas de minerales y agua, combinadas de manera tal que sostienen la vida cotidiana. Que la marcha regular de las cosas depende del orden de esas inmensidades, que mantienen a los edificios sobre sus cimientos y a los autos en funcionamiento. Y mientras no haya un terremoto que ponga a sus sillones patas para arriba, ni una inundación que se lleve a navegar sus placares, la cosa marcha bien.
Puede pensar así, y puede aún estar en lo cierto. Pero en esa visión macroscópica del universo se pasan por alto detalles cruciales a la hora de hacer un balance y ver por qué no todo siempre anda bien, a pesar de la escasez de movimientos telúricos. Es que tal vez la vida se sostenga en objetos muchísimo más pequeños, casi imperceptibles en el día a día, como, por citar un ejemplo, el tornillo que decora los desagües de las piletas de los baños. ¿Reparó en ello alguna vez?
No son gran cosa, es cierto. O al menos, no lo parecen. ¿Hay algún lavatorio cerca? Deje el periódico y vaya a ver. Muchos seres humanos transcurren toda su vida sin percatarse de su existencia… Hasta que ese tornillito falta, entonces…
Las naciones y sus tratados políticos, la vida y sus variantes meta-físicas, el amor y los otros demonios, el mundo y sus catedrales de conocimiento; todo se cae a pedazos cuando usted pisa con su pie, tan descalzo como el del primer hombre, una madrugada de 0 grados de térmica una alfombra de agua que se extiende radiante sobre el piso del baño, como un espejo en donde se refleja su indefensión mientras la realidad se desarma en gotitas que salen del límite inferior del lavatorio.
Ahí un hombre. Verdaderamente solo, con temor y temblor -temor si no es un plomero, temblor por lo hostil del clima- ve como todo lo sólido se desvanece en el aire, y los años de civilización que le doblan la espalda caen en un sutil chapoteo contra las baldosas.
En fin. Un edificio no se derrumba porque se le cae una montaña en-cima, se viene abajo cuando los tornillos fallan. Y la misma presencia de estos dispositivos señala un posible error. Si no, ¿por qué ponerle tornillos a algo?
Que algo esté sujeto por un utensilio removible no puede significar otra cosa que la posibilidad de que ya no esté sujeto; de otra manera miles de aparejos vendrían solda-dos, o construidos en una sola pieza. Como en las mejores fiestas, basta con un destornillador para que lo que parecía sólido pierda la compostura.
Pero volvamos a bajar la vista al lavatorio y miremos de frente a esa cavidad oscura, por donde se han ido mares de agua cuando nos lavamos las manos de tanto asunto escabroso. Ahora se abre como una caverna, un túnel que desciende a las vergüenzas compartidas de una sociedad que diseña caños de no retorno. Y eso, mi querido lector, eso que se abre con la ne-grura de un grito sin lengua en el interior de su estómago, se llama angustia, y no es bueno encontrar-la de madrugada en un baño inundado.
El resto corre por cuenta de los especialistas. Más de la mitad de los oficios y profesiones del mundo tienen más que ver con arreglar cosas que se rompen que con hacer cosas nuevas. No es casual, a la larga todo se rompe, nada dura para siempre. Entonces es cuestión de sumar tornillos, parches, re-puestos, cinta de teflón, fastix, palabras de consuelo, pastillas para dormir, un padrenuestroqueestasenloscielos, tecito con limón, y a seguir teniendo fe en los objetos, que así y todo tienen una existencia más plena que nosotros.
Tiempo de volver a la cama con los pies mojados tras cerrar la llave de paso, a encontrar el olvido contra la almohada. Es probable que el fin del mundo no sea una gran explosión en el espacio, sino pequeñas fallas en cadena que hagan que se derrumbe sobre sí mismo.
Federico Fioretta