Prólogo de la nueva edición de “La razón de mi vida” (Punto de Encuentro), en conmemoración del 69 aniversario de la muerte de Evita.

Antes que nada, quiero expresar mi agradecimiento a la invitación que me han hecho los compañeros de la editorial Punto de Encuentro y su Colección Cabecita Negra a prologar esta obra profundamente significativa para mí, y fundamental del legado de Evita, que inspiró por décadas tanto a la militancia y a la resistencia peronista, como a trabajos académicos que abordan el estudio de la vida de Eva Duarte.

Hasta aquí, estas serían las palabras correctas, formales, apropiadas para el comienzo de este prólogo. Pero, ¿cómo decir que me temblaron las manos, que se me aceleró el pulso, que se contuvo mi respiración, cuando un querido compañero, Carlos Zeta, me invitó a escribir ni más ni menos que el prólogo de La razón de mi vida?

¿Cómo contar el modo en que recorrieron mi mente y mi cuerpo infinidad de emociones, recuerdos, sensaciones?

Por ejemplo, la primera vez que escuché hablar de Evita, la primera vez que vi, entre las cosas que atesoraba mi viejo, el libro de tapa dura, con sus hojas amarillentas, con la foto de esa mujer rubia de pelo estirado en un rodete apretado y ojos encendidos. Esa imagen, que podía ser tanto dulce y angelada, como brava y desafiante. ¿Cómo no recordar aquellos fríos 26 de julio en mi querida Avellaneda obrera y conurbanense, en los que, con tantos compañeros y compañeras, nos juntábamos —y lo seguimos haciendo— para homenajear a quien tuvo el cargo más sublime al que se puede aspirar: “Abanderada de los humildes”?

La irrupción de Evita marcó para las mujeres el nacimiento de una nueva institucionalidad.

Evita pueblo, Evita combatiente, Evita hada buena, Evita Compañera, ¡Santa Evita! ¡De cuántas maneras podemos recordarte!

Tengo en mis manos La razón de mi vida… lo leo y no dejo de maravillarme por el milagro de poder hacerlo hoy, en el siglo XXI, en el siglo de las mujeres empoderadas, que transitan y batallan por la ampliación de derechos todos los días.

¡Si Evita viviera!

Es posible que algunas de ellas no sepan siquiera que antes de ella las mujeres en nuestro país no tenían documento de identidad; ni hablar de la ausencia total de cualquier otro derecho político.

Pero eso no importa. Lo que de verdad importa es que sigamos el camino que Evita inauguró de una vez y para siempre en nuestra Patria. La mujer protagonista y artífice de su propio destino, como diría el General refiriéndose al pueblo. Y ahí, justo ahí, es donde Eva pone a las mujeres. Por primera vez, a la par de los varones, compartiendo ese destino de grandeza que imaginó el justicialismo para todas y todos los argentinos.

La razón de mi vida nace a la luz de la injusticia que Eva percibe y en el ensombrecido destino que aguardaba “naturalmente” a las mujeres.

Es para mí un gran honor y una oportunidad inigualable expresar las emociones, los sentimientos y las ideas que este libro despertó y despierta en mi propia vida de mujer militante peronista, que pretendió —y pretende aún— con toda humildad, comprometerse con la búsqueda de una sociedad más justa donde las y los argentinos podamos ser un poquito más felices.

LAS CAUSAS DE MISIÓN. LOS OBREROS Y MI MISIÓN. LAS MUJERES Y MI MISIÓN

Estas son las tres partes que componen esta pieza única. En ellas, Evita desgrana a corazón abierto, toda su pasión y su cosmovisión desde el justicialismo.

Pero pongamos en sus propias palabras cómo es que surgen estas tres partes del libro:

Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra.

Cuando un obrero me llama Evita me siento con gusto compañera de todos los hombres que trabajan en mi país y aun en el mundo entero. 

Cuando una mujer de mi Patria me dice Evita yo me imagino ser hermana de ella y de todas las mujeres de la humanidad. Y así, sin casi darme cuenta, he clasificado, con tres ejemplos, las actividades principales de Evita en relación con los humildes, los trabajadores y la mujer.

Si Evita viviera sería parte indisoluble del signo de estos tiempos. Su contribución sería decisiva para redimensionar el feminismo.

Quizá para las nuevas generaciones resulten extrañas algunas aseveraciones o reflexiones. Evita escribió este libro en 1951. Y desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente. Sobre todo, en lo que se refiere a conquistas de derechos para las mujeres. Es imprescindible hacer un ejercicio de memoria para ubicarnos en aquel siglo XX —al mismo tiempo próximo y lejano— y tratar de imaginar el contexto en el que se desarrolló el accionar de Evita. Tener dimensión y perspectiva para comprender el significado de la puesta en marcha de la Fundación Eva Perón y la creación del Partido Peronista Femenino. Imaginemos, por un momento, a aquellas pioneras censistas que salieron a recorrer el país llevando la voz de la mujer a todas aquellas hermanas de género que habían estado invisibilizadas y calladas hasta ese momento. Evita las estaba convocando a entrar, por primera vez, a las grandes ligas de la política nacional. A la historia. Pasar de existir, a ser. Tener identidad, poder participar de la vida institucional, elegir, ¡ser elegida!

Hoy quizás estas cosas las hayamos naturalizado. Sin embargo, fueron realmente revolucionarias. Un punto de inflexión. Un quiebre. Un antes y un después para las mujeres de nuestro país. Ya nunca más la Argentina sería lo que fue. Así como el 17 de octubre de 1945 marcó el nacimiento de la Patria allí donde antes había una colonia, la irrupción de Evita marcó para las mujeres el nacimiento de una nueva institucionalidad.

Este libro —que recomiendo profundamente— nos revela a una joven muchacha que fue puesta por el destino (¿o fue ella la forjadora de su propio destino, y, de alguna manera, también del nuestro?) en un lugar desde donde podía ser y hacer… ¡Y lo hizo! ¡Y tanto fue, que es y sigue siendo!

Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra”.

Creo, sinceramente, que si Evita viviera sería parte indisoluble del signo de estos tiempos. Su contribución sería decisiva para redimensionar el feminismo, por cuanto su lucha actual se inscribe en la denuncia de injusticias y en el propósito innegociable de construir equidad. ¿O qué otra cosa es, si no, el peronismo, que la lucha por la justicia, por la igualdad, por la inclusión de quienes no están incluidos/as y por el reconocimiento de quienes no son reconocidos/as?

Evita nació en 1919. El destino de (casi) todas las mujeres de las primeras décadas del siglo XX de (casi) todos los sectores sociales —y con pocos matices de clase— era el casamiento. Todas enfrentaban, además, un clima muy poco favorable (para ser prudentes) al trabajo femenino remunerado.

Las muchachas de familias humildes no tenían muchas más oportunidades que las de trabajar en talleres de costura o en fábricas, en pésimas condiciones, igual que las de los compañeros varones, a lo que debían sumar peores salarios, el acoso de jefes y patrones y la ausencia absoluta de protección del embarazo y la crianza. Más el trabajo no pago del cuidado.

Por otra parte, muchas chicas que pertenecían a las clases en ascenso, como las hijas de familias de comerciantes o de dueños de pequeñas fábricas, eran redireccionadas hacia la docencia, que se feminiza rápidamente desde fines del siglo XIX. La altísima presencia de mujeres en el magisterio respondió a un Estado que necesitaba incorporar docentes de manera intensiva y barata. El magisterio era un trabajo apropiado para las mujeres, aun cuando escondía —poco y mal— muchas contradicciones. Aunque muy mal remunerado, les permitía tener algún dinero propio, mientras reforzaba el estereotipo de “lo femenino”. Recordemos que, en aquellos momentos, se había empezado a entender a la infancia desde otro punto de vista, incorporando mejor trato con menos violencia y mayor contención. Es precisamente allí donde las mujeres podían desplegar las habilidades “naturalmente” maternales, de paciencia y afectividad en las que quedaban cristalizadas. El trabajo femenino se desarrollaba en un espacio físico y simbólico restringido, pero, a la vez, protegido de las amenazas del mundo público y con cierto reconocimiento social de grandes sectores analfabetos de la población. Un “muy buen proyecto”, en esa época, para las jóvenes de los sectores más acomodados y de la nueva burguesía vernácula.

El libro habla, sobre todo, del amor de Evita por Perón, que se confunde con el amor por la causa de Perón; es decir, la causa del pueblo.

La razón de mi vida nace a la luz de la injusticia que Eva percibe —y siente en lo más profundo de su sensibilidad— en el ensombrecido destino que aguardaba “naturalmente” a las mujeres. Y se rebela. No se resigna, como no habría de resignarse jamás. Algo semejante dispara en ella la situación de los trabajadores, de los niños y de los ancianos, que, junto a las mujeres, conformaron históricamente el grupo más vulnerable de la sociedad. Y en este grupo es precisamente donde ella pone su objetivo de reivindicación. En el libro, proyecta las condiciones de trabajo que el pueblo merece y hace referencia al capitalismo internacional, que haría lo imposible para mantener al pueblo sojuzgado y a la nación, dependiente. ¿Es posible que una palabra alcance para sintetizar el contenido de esta larga, conmovedora, profunda, indispensable, conversación de Eva con su pueblo? Si me viera en el aprieto de pronunciar solo una, diría que el libro habla de pasiones: el trabajo incesante, el dolor por la injusticia que conmueve, la alegría del agradecimiento. Pero, sobre todo, habla del amor de Evita por Perón, que se confunde con el amor por la causa de Perón; es decir, la causa del pueblo.

Un día me dijeron que era demasiado peronista para que pudiese encabezar un movimiento de las mujeres de mi Patria. Pensé muchas veces en eso y aunque de inmediato sentí que no era verdad, traté durante algún tiempo de llegar a saber por qué no era ni lógico ni razonable. Ahora creo que puedo dar mis conclusiones. Sí, soy peronista, fanáticamente peronista. Demasiado no, demasiado sería si el peronismo no fuese como es, la causa de un hombre que por identificarse con la causa de todo un pueblo tiene un valor infinito. Y ante una cosa infinita no puede levantarse la palabra demasiado.

Leer o releer este libro es, sin duda, siempre, una buena idea.

La razón de mi vida es una proclama del amor más sublime, unido a una clara concepción sobre el poder. Es una de las muchas expresiones de un legado inagotable. El de Evita pueblo, Evita combatiente, Evita compañera, ¡Santa Evita! Un destello hacia el refulgente esplendor de la eternidad.

*Mónica Litza es doctora en Ciencias Políticas (UCA) y abogada (UB). Actualmente es vicepresidenta del Correo Oficial de la República Argentina, en representación del Estado Nacional, y directora de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas ProyectAR. En el ámbito legislativo fue diputada nacional, senadora provincial y concejal del HCD de Avellaneda. Y en el Ejecutivo, directora Nacional del Registro Nacional de Reincidencia.