(Por Christian Skrilec) No es nada nuevo, tampoco es para preocuparse o ponerse nerviosos, pero es bueno recordarlo a la hora de pensar lo que pasa y lo que nos toca: no son lo mismo. Podrán sacarse cientos de fotos, compartir reuniones y asados, ponerse “me gusta” en las redes sociales, y tal vez gobernar juntos cuatro, ocho o veinte años, pero aceptémoslo: no son lo mismo.

No son lo mismo los muchachotes del peronismo porteño que rodean al Presidente que los técnicos del conurbano que rodean al Gobernador. No son lo mismo los dirigentes de los movimientos sociales que los gordos de la CGT. Tampoco son lo mismo los barones del conurbano que los gobernadores del interior. Las diferencias no sólo son personales o de estilo, son ideológicas, de forma y de fondo, son distintos.

Pero pongámosle nombres propios. Nadie que haya escuchado a Máximo Kirchner y a Sergio Massa en público o en privado, en discursos de campaña o en reportajes intimistas, pueden creer que son lo mismo, por más que hoy conduzcan en conjunto la Cámara de Diputados de la Nación. Alguien cree que Juan José Mussi, formado en la vieja ortodoxia peronista del siglo pasado puede ser igual a Mayra Mendoza, formada en la militancia de “La Cámpora” durante este siglo, la diferencia es más que generacional y no alcanza para igualarlos que ambos sean intendentes de la Tercera Sección de la Provincia. Lo leíste en los diarios, lo escuchaste en la radio o lo viste en la tele, los ministros de seguridad de la Nación Sabina Frederic  y de la Provincia de Buenos Aires Sergio Berni, están teórica y metodológicamente en las antípodas.

Damas y Caballeros, Mesdames et Messieurs: Alberto y Cristina son Fernández pero no son lo mismo.

Todo esto es demasiado evidente como para tener que alarmarse, aunque no por ello no debe prestársele atención. Las diferencias de cómo abordar la cuestión de la seguridad; o la puja semántica respecto a si hay políticos presos, presos arbitrarios o presos políticos; o los contrastes  en  cómo se debe administrarse la provincia entre los viejos intendentes y el gobernador Kicillof; o  las divergencias en la implementación del programa contra el hambre entre el Ministro de Desarrollo Social Daniel Arroyo y el titular de la Cetep Juan Grabois, son apenas aristas diferenciales de un armado político complejo y heterodoxo.

El Frente de Todos es por ahora y por mucho tiempo más, un armado electoral que le permitió al peronismo en todas sus vertientes y definiciones volver al poder. La justificación, el denominador común, la prenda de unidad, fue la necesidad que Mauricio Macri no continuara con su tarea, que a ojos vista del resultado, consistía mayormente en multiplicar pobres, endeudar al país, y convertir al estado en una sociedad de fomento administrada por emprendedores amateurs y herederos que necesitaban un hobby.

La crisis social y económica es tan profunda, la situación general es tan grave, que pese a no ser lo mismo, el Frente de Todos está obligado a permanecer unido pese a las diferencias, por más profundas que estas sean.  No son lo mismo, pero al menos, temporariamente, pueden representar lo mismo.

El riesgo no es ahora. No hay posibilidad de ruptura ni enfrentamiento en este marco de crisis. Sólo dos situaciones pueden despertar esa profunda vocación internista que trae consigo el Frente de Todos. La primera es una situación negativa y peligrosa, que podría resumirse como la continuidad de la crisis: no se logra un acuerdo con el Fondo Monetario, no hay señales de reactivación, no mejoran los índices de consumo, la inflación sigue en alza, no se puede controlar el tipo de cambio, cae el empleo, etcétera. En este esquema no sólo se resquebrajaría el Frente de Todos, sino también el país entero.

La segunda posibilidad de ruptura es exactamente la situación contraria: todo mejora, la economía florece, la sociedad se tranquiliza, el país se reactiva. El día que el oficialismo, como dice su slogan, ponga a la “Argentina de Pie”, será el momento en que todos aquellos que no son lo mismo empiecen a disputar nuevamente el poder. Obviamente, que esta segunda opción podría calificarse de positiva, y no estaría ajena a la idiosincrasia de nuestra política.

Gracias por leer.