Cuando la macroeconomía se desangra y la microeconomía se vuelve un lujo inalcanzable, se rompe el piso de la sociedad y surge un nuevo nivel: la infraeconomía. No es una categoría estadística de manual, sino el submundo de la supervivencia absoluta que hoy domina los barrios populares, las villas y los asentamientos frente a las políticas feroces y el ajuste criminal del gobierno de Javier Milei. En este estrato, las reglas del mercado formal desaparecieron por completo. Ya no existe el concepto de salario, de aguinaldo, de crédito bancario ni de perspectiva a futuro. La vida se achicó al tamaño de una urgencia perpetua: el único balance contable que importa al final del día es saber si se pudo conseguir el plato de comida de hoy.

​Cómo se vive el día a día en el submundo de la infraeconomía  

​Vivir en la infraeconomía significa habitar una realidad donde el tiempo se detuvo en el presente más descarnado. No hay margen para planificar la semana, ni para pensar en arreglar la casa, ni mucho menos para soñar con un ahorro. El día a día se compone de escenas de una ingeniería de la escasez extrema:

​La trampa del changazo invisible: Salir a la esquina a ver si sale una changa de albañilería, cortar pasto o limpiar una casa por dos monedas, compitiendo con cientos de vecinos que hacen exactamente lo mismo.

​El cirujeo y el rebusque: Caminar kilómetros juntando cartón, botellas o metales para poder venderlos en el transcurso de la tarde y comprar un paquete de fideos o un kilo de harina antes de que suba de precio.

​El trueque y el fiado de palabra: Sostenerse con la libreta del almacenero amigo —cuando el almacén del barrio todavía fía— o cambiar un saber por comida, zapatillas usadas por mercadería, o favores vecinales.

​La angustia de la heladera vacía: Abrir la heladera y encontrarla desconectada para ahorrar luz, o con un solo cartón de leche estirado con agua para que alcance para los pibes.

​Frente a un Estado nacional ausente y desertor que abandonó a su suerte a los sectores populares y desfinanció por completo los alimentos, la macroeconomía de los superávit fiscales se estrella contra esta realidad donde la gente hace malabares para no caer directamente en el abismo del hambre.

​Los militantes territoriales: La columna vertebral y el emergente del territorio

​En este escenario de asfixia y desamparo, los militantes territoriales se erigen como la verdadera columna vertebral de los barrios. No son meros espectadores ni bajadores seriales de línea, sino el emergente vivo del propio territorio: hombres y mujeres que nacen, sufren, luchan y caminan la misma tierra que sus vecinos. Con una empatía profunda y visceral que brota del barro compartido, la militancia es la que pone el cuerpo, la oreja y el hombro cuando las papas queman. Sostener las ollas populares, levantar comedores y merenderos, y organizar cada refuerzo alimentario seco no es caridad ni asistencia fría; es un acto político de trinchera y de amor colectivo. Frente a la tiranía del ajuste, los militantes territoriales demuestran que la solidaridad activa y la organización popular son las únicas herramientas capaces de transformar el dolor en dignidad y resistencia.

Polo Social y Productivo Pedro Coria