Un buen dactilógrafo Ilustración: Natalia Pizzacalla. (Ilustración: Natalia Pizzacalla)

Yo tomaba todos los ingresos. Cuando escuchaba los frenazos del Falcon operativo ya sabía que venían los muchachos y tenía que preparar mi Olivetti para tenerla lista.

En la fuerza me habían equipado con una máquina Remington del año de María Castaña que se trababa cada dos renglones. No me servía. Me iban a rajar por incompetente y yo no tenía la culpa. La primera vez pedí permiso. Después me di cuenta que a nadie le importaba que llegara con mi bolsito y extrajera mi propia máquina para el laburo.

A ellos solo les calentaba que cumpliera con el laburo y no rompiera las pelotas. La nobleza de Olivetti les importaba nada. Para mí, además, tenía un valor especial. Mi viejo me la había regalado, con mucho esfuerzo, cuando egresé de las academias Pitman. Ahora que no lo tenía, tenerla conmigo era como estar un rato con mi viejo, un domingo a la tarde, tomando un mate y escuchando el partido del domingo por la radio.

Mi laburo era bastante sencillo. Tenía un margen de cinco minutos desde que sentaban al reo y su capucha para llenar la ficha con sus datos. Por eso, era clave que al sentir el chirriar de las llantas contra el asfalto, la máquina estuviera desenvainada y con su hoja reglamentaria colocada en su sitio. Si había un contratiempo que mi responsabilidad no se viera implicada. Eso era fundamental.

Por lo general, con los datos personales tenía pocos problemas. Nombre, apellido, número de documento, nacionalidad, fecha de nacimiento. La cosa se complicaba un poco con el acápite “alias” y, ni hablar, con el de “filiación política”. Ahí no largaban nada hasta después de un par de certeros guantazos riñoneros. Ojo yo no los tocaba, eh.

Sí, es cierto, yo tenía grado de “Sargento” pero mi trabajo era puramente de escritorio.

La única sangre que rozaba era la que derramaban los reos al resistirse a responder y manchaban mi escritorio. Cuando los muchachos los retiraban, abría el cajón, extraía el trapo rejilla, lo humedecía y limpiaba el lastre del mueble macerado. Debe quedar claro, yo entré a la fuerza para escribir a máquina. Es lo único que hice durante toda mi carrera.

Yo preguntaba, ellos respondían y yo consignaba sus respuestas con fidelidad. Pero, si los sonidos demoraban más que la paciencia de mis camaradas, los muchachos hacían su magia. En los pocos casos en los que no largaron prenda, mis camaradas me dictaron la respuesta: Poné “Zurdo de mierda” o “Bolche apátrida” o “Monto asesino”.

Por día me tocaban un par de ingresos y, eventualmente, algún egreso que debía también consignar en el legajo que extraía del gavetero y volvía a guardar, una vez actualizado. Me la pasaba escuchando la radio.

También evocaba al viejo, con unos tangazos memorables. Los mismos que oíamos juntos cuando íbamos a pescar al muelle. Bien fuerte los ponía. Más para neutralizar las quejas permanentes de los reos que por mi predilección a escuchar música al mango.

En mis abundantes ratos libres, también, leía el diario La Razón o completaba crucigramas. Y, claro, tomaba mate. Mucho mate.

Entraba a la oficina por una puerta independiente de la zona de alojamiento e interrogación del destacamento. Me preparaba el primer mate en una hornallita que había en la antesala del baño, encendía la Spica y alistaba mi máquina para cuando llegara la primera diligencia. La verdad es que en esos años mi jornada era bastante aburrida y solitaria.

Al lado de mi oficina estaba la sala interrogatoria. No sé qué hacían mis compañeros ahí. Es decir, escuchaba los insultos de mis colegas, ruidos como de golpes y de desperfectos eléctricos. Eso coincidía con que, a veces, bajaba la tensión en mi oficina. También se oían los lamentos, los llantos y los ruegos de los reos. Pero nunca vi nada. Bueno, un par de piñas cuando los reos no respondían, lo dije. Pero nada grave.

Por eso me sorprendí con la primera citación cuando llegaron los radicales. Entré a la fuerza por mi especialidad y por el sueldo. Era uno de los mejores lugares para trabajar en mi oficio. Estaba en blanco y pagaban bien. Yo cumplía con mi trabajo y cada uno hacía el suyo. Yo no me metía con nadie.

Parece que algún camarada se había excedido. Eso decían los abogados de la fuerza sobre las cédulas de notificación que nos llegaron. Pero, ¿qué tenía que ver yo con esas acusaciones? No terminaba de entender.

Cuando me leyeron la acusación, no lo podía creer. Me tradujeron que yo era partícipe necesario, cómplice, de los apremios, las muertes y las desapariciones forzadas de cientos de reos a los que yo solo le había tomado los datos. Un despropósito. Debía aclararlo cuanto antes.

Sin embargo, lejos de poder echar luz sobre mi absoluta inocencia, los fiscales, los jueces, los derechos humanos, me empezaron a atacar.

Se ensañaron conmigo y yo no atinaba a reaccionar. El defensor público que me pusieron resultó que estaba con ellos o, al menos, yo no veía que obtuviera resultados. Buen pibe, el abogado pero, está visto, un incompetente.

Me exigían que reconociera a los torturados, muertos o desaparecidos a los que le había tomado, supuestamente, declaración. Y yo no podía porque nunca les había visto las caras.

Me reclamaban que aportara los datos de mis fichas y yo no las tenía porque al armario se lo llevaron completo unos días antes de que cerraran la oficina, unos días antes que volviera la democracia. Hasta la llave me pidieron aquella vez. Así que no me acordaba ni un apellido.

Solo supe que hubo hombres y mujeres. También recordaba que pasaron dos brasileros, un masculino y un femenino, por el idioma que hablaban. El portugués siempre fue un idioma que me gustó. Así que cuando trajeron a la pareja me percaté al instante. Bueno, ahora que lo pienso, tal vez eran portugueses o de otro país que hablaran ese idioma. Ni eso podía precisar. Y nada más. ¿Qué culpa tengo de no ser bueno para la memoria?

Me guardaron en un calabozo un par de meses y la pasé mal, ¿para qué voy a mentir? Pero, la camaradería de los penitenciarios nos la hizo más llevadera. Éramos varios muchachos de la fuerza lo que estábamos siendo hostigados por la democracia.

Algunos como yo que no teníamos por qué comerla ni beberla. Y otros que, bueno, hicieron lo que había que hacer. Yo no sé nada de política, pero los comunistas se estaban queriendo quedar con todo.

Por suerte, al poco tiempo, vinieron las leyes de Alfonsín, me soltaron y dejaron de pasearme por tribunales.

Con todo el balurdo que pasamos me salí del ejército. Me tenía bastante mal todo ese tema. Un compañero de esos años me consiguió un puesto de dactilógrafo en el Banco Nación, trabajo que hasta hoy ejerzo con honor y profesionalismo.

Las jornadas transcurren con lenta calma. Escucho la radio. Siempre tango. Eso sí, más bajito que en mi anterior laburo, para no joder al resto. Y siempre me acompañan los matienzos.

Llevo veinte años de paz, desde el quilombo con los derechos humanos. A Rico se los debo, sí señor. Aldo Rico, un verdadero patriota. Por eso siempre que se presentó a elecciones lo voté. Él fue de los pocos que sacó la cara por nosotros, los que cumplíamos nuestro trabajo decentemente.

Pero esta semana ando cabreado. Creo que se viene el quilombo otra vez. Hace un año o dos anularon esas leyes que nos beneficiaban y parece que reabrieron los juicios. Y, la pucha, el lunes me cayó una nueva citación.

Dicen que fui miembro de una patota de un centro clandestino de detención de la dictadura.

Un reo me habría reconocido cuando me cruzó en la sucursal del Nación. Yo no entiendo nada. Yo nunca me metí en política. Solo fui un dactilógrafo. Y, sin pecar de soberbio, un buen dactilógrafo.