Un recorrido por el barrio que transformó sus muros estigmatizados en un vibrante museo a cielo abierto, reivindicando su identidad portuaria, sus luchas y el orgullo de su gente

La Isla Maciel, un barrio estigmatizado por décadas, hoy representa un exquisito polo cultural resignificado por sus propios vecinos. Recorrer sus calles de chapa y madera es asomarse a fines del siglo XIX, cuando inmigrantes genoveses levantaron casonas multifamiliares para la masa obrera del puerto. Tras sucesivas crisis que debilitaron el pulso portuario, la comunidad emergió organizada para combatir el olvido con arte, orgullo e identidad propia.

De la mano de artistas entrañables como el muralista Gerardo Montes de Oca, cada paredón de chapa o madera se transformó en lienzo: un museo a cielo abierto donde la Isla alza su propia voz. A orillas del Riachuelo se recorta una silueta imponente de gris acerado: el puente transbordador Nicolás Avellaneda, una reliquia monumental de la que solo existen ocho en todo el planeta. Pero bajo su sombra metálica late, más rústica e íntima: la de Moncho, el botero que rema en agua oscura y pesada, dibujando estelas por setecientos pesos (que se pueden transferir) en un viaje pausado que no solo une las dos orillas, sino que construye la memoria diaria y el pulso indestructible de la ribera.

Frente a la Plaza José Hernández, la Fundación Isla Maciel, dirigida por Claudio Freda, impulsa proyectos de inclusión social y de formación musical como la orquesta "La Pandilla", destacada por la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV). Otra joya es el Museo de la Carpintería, antiguo taller de botes. Allí, Horacio Eusebi exhibe herramientas de su padre "Pocho", maquetas y radios antiguas. En este espacio, y junto a la escuela secundaria artística local, los jóvenes esculpen, pintan y reciben turistas para visibilizar, con orgullo, el alma indomable de la Isla.

por Miriam Benítez, estudiante de la Licenciatura en Periodismo de la UNDAV