La pérdida del poder adquisitivo golpea a los vendedores ambulantes, pero en la calle también se teje solidaridad. Martín Becerra, Secretario General de SIVEP Quilmes, Berazategui, Varela, organiza a los trabajadores para que ningún pibe se quede sin su derecho a festejar.
En las calles de Quilmes, entre el ruido de los colectivos y el apuro de la gente, hay una economía que no sale en los grandes diarios. Es la de los vendedores de la vía pública, esos que ofrecen desde golosinas hasta juguetes a precios imposibles para los grandes comercios. Falta poco para el Día del Niño y ellos, como siempre, están en la primera línea.
“Viene tranquila la venta. Después del Mundial se está viendo la falta de poder adquisitivo, la venta muy quieta. Esto no se ve hace mucho tiempo”, dice Martín Becerra, secretario regional del Sindicato de Vendedores de la Vía Pública (SIVEP). No es un lamento vacío: es el reflejo de una economía que el gobierno de Javier Milei sigue licuando con motosierra y ajuste.

Mientras la inflación se devora los ingresos, los puesteros no se rinden. Incorporaron juguetes de 3, 4 y 5 mil pesos para que las familias puedan llevar una sonrisa a casa. “Están a la posibilidad de cualquiera”, afirma Becerra, que no es solo un comerciante: es un organizador. Desde el SIVEP, él y sus compañeros defienden a un sector que el poder quiere invisibilizar o directamente expulsar de las calles.
Porque la tarea va mucho más allá de vender. En un contexto donde el Estado se retira y los comedores están al límite, los vendedores de la vía pública se convierten en un sostén fundamental. Garantizar un juguete accesible en agosto es también una forma de resistir. Es pelear por la alegría de los pibes en los barrios donde la plata no alcanza ni para la leche.
“Los impuestos son cada vez más altos. El puestero antes guardaba una moneda, hoy ni eso”, reflexiona Becerra. Pero lejos de bajar los brazos, destaca la perseverancia de los trabajadores que día a día salen a la calle. No lo hacen solo por necesidad, lo hacen también por comunidad.
El Día del Niño es la excusa. La verdadera historia es la de un puñado de trabajadores organizados que, contra la motosierra, el ajuste y el olvido, sostienen en sus carritos una economía con rostro humano. Una que no especula, sino que abraza.